La Grandeza en la Humildad: La Enseñanza Radical de Jesús y la Espiritualidad Franciscana
La enseñanza de Jesús sobre el «quien quiera ser el primero, que sea el último», lejos de ser un simple consejo moral, es una invitación a una profunda transformación interior. En un mundo que valora la competencia, el éxito personal y la lucha por el poder, estas palabras de Jesús suenan contraintuitivas. ¿Cómo puede alguien alcanzar la grandeza si no está dispuesto a ser el primero, a destacarse entre los demás? Esta es la cuestión que surge en el corazón de los discípulos, y, en la historia de la humanidad, también en nuestro propio corazón. La lógica de Jesús desafía nuestra visión de lo que significa ser grande.
Podemos decir que la espiritualidad franciscana abraza esta enseñanza en el concepto de «minoridad». Francisco de Asís vivió esta «minoridad» de manera radical, comprendiendo que la verdadera libertad y grandeza cristiana no radica en la acumulación de poder, reconocimiento o riquezas, sino en la capacidad de hacerse pequeño, de vivir humildemente y de ser servidores del amor de Dios en los demás. Ser «el último» no significa ser menos, sino adoptar una postura de entrega, donde nos despojamos de la tentación de la autosuficiencia y el egoísmo.
Jesús nos recuerda que la verdadera grandeza está en el servicio humilde, en la capacidad de entregarnos a los demás sin buscar reconocimiento ni recompensa.
Este principio radical se encuentra en el corazón de la espiritualidad franciscana, que, a través de la «minoridad», nos enseña a reconocer que la verdadera libertad y dignidad cristiana no provienen de dominar o destacarnos sobre los demás, sino de ser pequeños y humildes en el amor y el servicio. San Francisco de Asís vivió este mensaje de forma radical, abrazando la pobreza y la sencillez no como un sacrificio vacío, sino como un medio para llegar a una mayor libertad interior y a una comunión más profunda con Dios. Francisco comprendió que, al hacer de su vida un servicio, al hacerse pequeño, encontraba la grandeza de Dios.
La espiritualidad franciscana y la enseñanza de Jesús nos invitan a mirar más allá de las apariencias, a no ver a los demás como competidores, sino como hermanos y hermanas. Cuando nos creemos superiores a los demás, comenzamos a utilizar a las personas, a verlas como objetos para nuestro propio beneficio, y esto es lo que distorsiona el amor y la justicia. El mensaje de Cristo, entonces, es un llamado a la humildad, a reconocer que no somos mejores que nadie, que en todos siempre hay algo que nos supera, y a aprender a valorar las virtudes de los demás sin arrogancia ni juicio.
El mismo mensaje se encuentra en la incomprensión de los discípulos, que, al igual que muchos de nosotros, buscan poder y prestigio. En medio de su disputa sobre quién sería el más importante, Jesús coloca a un niño en medio de ellos, como símbolo de la pureza, la sencillez, la humildad y la confianza en Dios.
En la época de Jesús, ciertos grupos sociales eran considerados de poco valor. Las mujeres, por ejemplo, eran vistas como inferiores y su testimonio no era aceptado en los tribunales. Los niños, hasta alcanzar la edad de 12 años, no participaban plenamente en la vida religiosa y social. Los enfermos y las viudas eran marginados y a menudo carecían de apoyo social. Sin embargo, Jesús rompió con estas convenciones sociales al acercarse y valorar a estos grupos, mostrándonos que en el Reino de Dios no hay lugar para la discriminación.
El niño no tiene ambición de poder, ni busca destacar entre los demás; su grandeza radica en su capacidad de ser receptivo, de confiar plenamente en el amor. Jesús, con su abrazo, nos invita a acercarnos a Él con la misma disposición, a vivir con la libertad de un niño que se entrega sin reservas al amor de Dios.
El camino de la «minoridad» nos desafía a liberarnos del deseo de ser el primero según los parámetros del mundo. Nos llama a ser servidores, a ver en cada uno de los que nos rodean una oportunidad para amar, servir y compartir el amor de Cristo. Al seguir este camino, descubrimos que la verdadera grandeza no se encuentra en lo que poseemos o en lo que podemos dominar, sino en la capacidad de vivir como Jesús vivió, con humildad, sencillez y amor hacia los demás. Así, encontramos la verdadera libertad, la paz que solo puede provenir de vivir conforme al Evangelio, entregados a la voluntad de Dios y al servicio desinteresado de nuestros hermanos.
Plegaria para hoy:
Señor Jesús, Tu enseñanza nos sorprende y nos desafía, pues en un mundo que exalta la ambición y el poder, nos llamas a la humildad y al servicio. Ayúdanos a vivir con la sencillez del niño, a abrazar la «minoridad» que nos lleva a hacer de nuestra vida un instrumento de tu amor y de tu paz.
Que, al no buscarnos a nosotros mismos, podamos reconocer la dignidad y el valor en cada ser humano, y aprender a servir sin esperar nada a cambio.
Haz que nuestro corazón se asemeje al tuyo, dispuesto a dar y recibir con humildad, siguiendo el camino de la cruz, que nos lleva a la verdadera libertad.
Amén.
Marynela Florido S. – Equipo de redacción