Nos adentramos en dos lecturas que nos invitan a vivir la compasión y el respeto hacia los demás, especialmente en momentos de conflicto. La figura de David en 1 Samuel 26 y las enseñanzas de Jesús sobre el juicio en el Evangelio según san Lucas 6, 27-38 nos muestran el camino de la misericordia, algo tan necesario en el mundo actual. Hoy, más que nunca, necesitamos abrir nuestros corazones a la compasión divina. Permitámonos esta reflexión que nos ayudará a comprender cómo vivir la compasión en nuestra vida cotidiana.
Reflexión sobre el Evangelio – Segmento 1
Reflexión sobre el Evangelio – Segmento 2
El Reino de Dios en la Compasión de David
«En aquellos días, Saúl emprendió la bajada hacia el páramo de Zif, con tres mil soldados israelitas, para dar una batida en busca de David.
David y Abisay fueron de noche al campamento; Saúl estaba echado, durmiendo en medio del cercado de carros, la lanza hincada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa estaban echados alrededor. Entonces Abisay dijo a David: «Dios te pone el enemigo en la mano. Voy a clavarlo en tierra de una lanzada; no hará falta repetir el golpe.»
Pero David replicó: «¡No lo mates!, que no se puede atentar impunemente contra el ungido del Señor.» (…) David cruzó a la otra parte, se plantó en la cima del monte, lejos, dejando mucho espacio en medio, y gritó: «Aquí está la lanza del rey. Que venga uno de los mozos a recogerla. El Señor pagará a cada uno su justicia y su lealtad. Porque él te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor.» (1 Samuel 26, 2 7-9. 12-13. 22-23)
Hoy nos encontramos con una de las historias más significativas del Antiguo Testamento: la relación entre David y el rey Saúl. Aunque Saúl, el rey ungido de Dios, se convierte en el enemigo de David, este, lejos de buscar venganza, decide respetar la vida de quien lo persigue. ¿Por qué? Porque, a pesar de los errores y las malas decisiones de Saúl, David sabe que él es el elegido de Dios, el ungido del Señor, y que esa unción no puede ser profanada. Este acto de compasión es una invitación a todos nosotros a respetar la voluntad de Dios incluso cuando nos enfrentamos a situaciones difíciles, a mostrar misericordia cuando es fácil juzgar o buscar venganza.
La enemistad entre David y el rey Saúl es una de las narrativas más intensas del Antiguo Testamento. Saúl, el primer rey de Israel, comenzó su reinado con la bendición de Dios, pero, debido a su desobediencia a los mandatos divinos, Dios lo rechazó como rey y ungió a David para sucederlo. A pesar de ser elegido por Dios, David nunca buscó usurpar el trono por la fuerza. Sin embargo, Saúl, celoso y temeroso de perder su poder, persiguió a David, intentando matarlo en varias ocasiones.
En este contexto, la primera lectura de hoy destaca un momento crucial: David tiene la oportunidad de matar a Saúl mientras este duerme, pero elige no hacerlo. David respeta profundamente a Saúl, no por su comportamiento, sino porque, aunque Saúl haya sido desobediente, sigue siendo el ungido de Dios, el rey elegido por Él. Este acto de misericordia revela la sensibilidad de David hacia la voluntad divina y su respeto por el plan de Dios, que va más allá de la animosidad personal.
David, aunque no exento de fallos, es considerado el rey por antonomasia, no por su fortaleza militar o por su política, sino por su corazón sensible a la voluntad divina. Su grandeza no radica en el deseo de conquistar el poder, sino en su profunda reverencia hacia el mandato de Dios, aun cuando Saúl, su perseguidor, es el ungido del Señor. En la primera lectura de hoy, vemos a David ofrecer una enseñanza de humildad y compasión que trasciende la lucha por el trono, poniendo de manifiesto que el verdadero rey es aquel que pone en primer lugar la voluntad de Dios, por encima de sus propios intereses.
David no destruye a Saúl, no porque no tuviera el poder para hacerlo, sino porque, en su corazón, respetaba la elección divina. En su comportamiento, resplandece la profunda compasión que brota del entendimiento de que toda autoridad, poder y juicio pertenecen a Dios. Él es el verdadero rey que gobierna con compasión, y a través de su ejemplo, podemos ver cómo debe ser un reino donde Dios es el centro: un reino donde la misericordia y el perdón prevalecen. Esta actitud invita a reflexionar sobre cómo debemos vivir nuestra fe en el mundo, gobernados no por nuestra sed de poder o venganza, sino por el amor y la compasión que nos enseñan los caminos de Dios.
Plegaria: Señor, te damos gracias por la misericordia que nos ofreces en todo momento, por tu compasión infinita que nos ilumina a través de ejemplos como el de David. Ayúdanos a vivir en humildad y a gobernar nuestra vida con el mismo respeto y amor que él mostró, aprendiendo a mirar a los demás con compasión, sabiendo que, al hacerlo, reflejamos tu presencia en el mundo. Amén.
Reflexión sobre el Evangelio: La Compasión que No Juzga, La Misericordia como Espejo de Dios
» … Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. (…) Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; (…) Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará…» (Lucas 6, 27-38)
El mandato de Cristo de «amar a nuestros enemigos» seguramente nos deja desbordados y perplejos. No es fácil comprender cómo podemos amar a aquellos que nos hacen daño, a aquellos que nos hieren o nos persiguen. Sin embargo, en las palabras de Jesús se esconde una verdad profunda que tiene el poder de transformar no solo nuestras relaciones, sino también nuestra manera de ver el mundo. Este mandamiento nos invita a descubrir el corazón de Dios, a entender cómo Él nos ha amado y cómo su amor no busca retribución, sino que se ofrece gratuitamente, sin esperar nada a cambio.
En el Evangelio de hoy, Jesús nos invita a vivir una misericordia que va más allá de lo que es humanamente posible, pero que se convierte en la clave para acercarnos a la naturaleza misma de Dios. En el aspecto en el que más podemos parecernos a Él es en la misericordia. El amor de Dios es un amor que no exige retribución, sino que se da sin medida, sin esperar nada a cambio. Él nos amó cuando éramos pecadores, cuando estábamos alejados de Él, y no solo nos amó, sino que nos dio todo, incluso su propio Hijo. La compasión de Dios no depende de nuestros méritos ni de nuestro comportamiento. Es un amor gratuito, un amor que no necesita de ninguna otra razón que la de su propia bondad.
Por eso, Jesús nos invita a ser misericordiosos como nuestro Padre lo es con nosotros. El amor cristiano, la verdadera compasión, no se basa en lo que el otro pueda hacer por nosotros. De hecho, es en la acción de amar a nuestros enemigos donde más se manifiesta nuestra semejanza con Dios. Al amar a quien no nos ama, al perdonar a quien nos ha herido, estamos reflejando la imagen de un Dios que no nos trata conforme a nuestros pecados, sino conforme a su misericordia infinita.
Este amor que no busca contraprestación es también el que nos invita a crecer en la paciencia, la comprensión y la compasión con nuestro prójimo. A menudo, en nuestra vida cotidiana, caemos en la tentación de esperar algo a cambio de nuestras acciones, de buscar en los demás una respuesta que justifique nuestra generosidad o nuestra bondad. Pero la verdadera compasión, la que Jesús nos enseña, no tiene esa expectativa. Es un amor que da sin reservas, que comprende sin juzgar, que abraza sin condiciones.
Y, aunque este amor puede parecer inalcanzable, es precisamente en la práctica diaria de la paciencia y la comprensión donde podemos empezar a crecer en esta virtud. La compasión cristiana no es un acto aislado, sino una actitud continua que transforma nuestra manera de relacionarnos con los demás. Cuando aprendemos a ver a cada persona como alguien que lleva la huella de Dios, incluso en sus defectos y limitaciones, empezamos a comprender que cada uno es una oportunidad para reflejar la misericordia de Dios. Es en el trato diario con nuestro prójimo, en el perdón de las ofensas y en la paciencia frente a las dificultades, donde más podemos parecernos a Dios.
Jesús nos recuerda que, al practicar la misericordia, no solo estamos siguiendo un mandato, sino que estamos participando en la obra transformadora de Dios en nuestras vidas. Este amor no solo cambia al que recibe, sino que también transforma a quien lo ofrece. La compasión, en su forma más pura, es el reflejo de un corazón que ha sido tocado por el amor divino y que, a su vez, lo comparte sin reservas con los demás.
Oración: Señor, te damos gracias por tu infinita misericordia. Hoy, te pedimos que nos ayudes a vivir ese amor que no espera nada a cambio, ese amor que se ofrece sin reservas. Danos la paciencia y la comprensión necesarias para ver a cada persona con los ojos de tu compasión. Que podamos crecer cada día en la semejanza de tu misericordia, aprendiendo a amar y perdonar como tú lo haces con nosotros. Que nuestro corazón sea un reflejo de tu amor incondicional, transformando nuestra vida y las vidas de aquellos con quienes compartimos este mundo. Amén.
Este amor radical que Jesús nos enseña no solo es una invitación a vivir en paz con nuestros prójimos, sino a permitir que la presencia de Dios transforme nuestra manera de vivir, de ver y de relacionarnos. Vivir la compasión es, en definitiva, abrir nuestros corazones a la transformación que Dios tiene para cada uno de nosotros.
Concluisones:
Que estas reflexiones nos inviten a vivir la compasión en cada rincón de nuestra vida, especialmente cuando enfrentamos dificultades o diferencias. Sigamos el ejemplo de David, quien respetó la voluntad de Dios, y de Jesús, quien nos llama a no juzgar, sino a perdonar y amar sin medida. Que el Señor nos conceda la gracia de vivir según su ejemplo. Sigamos buscando en su Palabra el consuelo y la guía que necesitamos en nuestros días. ¡Hasta pronto y que Dios te bendiga con los dones de la paz, la sabiduría y la salud!
Oración por el Papa Francisco: Señor, te pedimos por la fortaleza, la paz y la salud de nuestro querido Papa Francisco. Que tu luz lo ilumine en este tiempo de prueba, y que le concedas la gracia de sentir tu presencia cercana en cada momento. Dale sabiduría y consuelo en su labor pastoral, y fortaleza para seguir guiando a la Iglesia con amor y dedicación. Señor, escucha nuestra oración y ten misericordia de tu siervo. Amén.